1ra parte
Cuando
Bernardo salió del closet no había nadie para recibirlo. Mucho menos para
sorprenderse o escandalizarse. A nadie le interesaba su orientación sexual. De
hecho, a nadie le interesaba él.
En el
colegio era ignorado por todos sus compañeros. Ni siquiera lo consideraban
objeto de burla o victima de crueldades. Sus profesores lo evitaban y preferían
consentirlo con una buena nota a reprobarlo y correr el riesgo de tener que
verle la cara al próximo año. Tenía más
amigos imaginarios que conocidos, pero la psicopedagoga lo diagnosticó como “un
niño con aptitudes sobresalientes en las áreas intelectual y artística, y un
nivel de madurez acorde a su edad cronológica” para no tener que admitirlo como
paciente.
Bernardo
era, lo que se dice, un pibe desagradable. Mejor dicho, una desgracia.
Sobrepeso, petizo, sucio, hediondo y con más pelos en la nariz que en la
cabeza. Su rostro era, lisa y llanamente, horrible, y es sólo una forma de
decir, ya que estaba todo poceado, grasoso y repleto de acné. Resultaba difícil
mantenerle la mirada e impensado besarlo o comer a su lado. Incluso su voz era
un problema, causaba un potente efecto depresor, tal como el de una radio AM
mal sintonizada, un domingo por la tarde, en una oscura verdulería de barrio.
Su presencia era dolorosa. Pocas veces la genética se equivocaba tanto y tan
mal.
Al cumplir
dieciocho años, su madre le regaló un pasaje de avión, sólo “ida”, a Buenos
Aires y un bolsito para guardar sus pertenencias. Antes de despedirlo con una
palmada, escribió en una servilleta
usada la dirección de su primo porteño, Félix, y le deseo mucha suerte. Ella se
regaló una botella de champagne y la compañía de un chongo bien dotado para el
festejo. Aunque no
fue planeado, todo el vuelo estaba vendido a excepción del asiento junto al
suyo.
