4ta Parte
Feliza, su primo devenido en señorita, accedió a que Bernardo se quede
con ella por un tiempo, hasta que consiga un trabajo y pueda procurarse su
propio espacio.
Esa casa antigua, hermosa y bien conservada, en realidad pertenecía a
Raúl “El Péndulo” Gardi, dueño de un prostíbulo donde había trabajado durante sus
primeros años en Buenos Aires. Por aquel entonces todavía era Félix y sus
tareas en el local consistían básicamente en atender la barra, tomar las
órdenes de los clientes y controlar el tiempo de las chicas que brindaban sus
servicios en los “privados”. Su buen desempeño, carisma y excelente trato, no
tardaron en destacarse y al cabo de unos meses ya era gerente encargado del
lugar. De a poco fue ganándose la simpatía y confianza de El Péndulo, y éste acabó por encomendarle sus otros negocios. Su patrón estaba metido e
interesado en todo asunto ilegal que encontrase redituable.
Tres años atrás, luego de un allanamiento, El Péndulo debió exiliarse por tiempo indeterminado y le encargó
especialmente el cuidado de su casa en zona norte a Félix. Le pidió que viviese
allí hasta su regreso y que, pase lo que pase, nunca abandoné la propiedad por
un período mayor a dos días. A Félix la
tarea le resultó bastante conveniente, en ese momento estaba sobreviviendo en
una pensión derruida en el extremo sur de la ciudad. Además, con el dinero que
había conseguido hasta el momento, más la suma que le pagó el jefe por su
lealtad, pudo realizarse las operaciones necesarias para verse y sentirse a su
gusto.
Más allá de darle una mano a su primo hasta que se ordene y amolde al
ritmo de la Gran Ciudad,
veía en esta convivencia la oportunidad de orientarlo en la búsqueda de sus
sueños. Sentía una gran empatía por él; tenía experiencia en luchar contra la
adversidad y sabía muy bien que a un pibe horrible y con pocas luces como
Bernardo todo se le iba a hacer cuesta arriba.
Brillante
ResponderEliminarGracias, señorita.
ResponderEliminarSlds.