Seguramente
todos admiramos y respetamos a un artista, político, deportista o figura
pública que con su labor nos enriquece y aporta de algún modo. Debe haber un
personaje, o más, en cada rubro que despierte nuestras pasiones y defendamos a
capa y espada en una charla de café o una cena con amigos.
Por otra parte, es sabido
que somos una sociedad que, muchas veces, recién da valor a las personas y sus
obras cuando ya no están. Es ante la ausencia que se recorre su historia, comienzan
a explorarse sus huellas y se reconoce la magnitud del impacto que ha tenido en
nuestra cultura. El furor (y la fama) post mortem es algo muy común y no sólo acá y ahora;
hay numerosos ejemplos a lo largo de la historia y en todas partes del mundo.
Sin
embargo, de un tiempo para acá, he notado que hay gente que directamente es fan
de los muertos. Vive rindiendo homenaje al famoso fallecido esa semana, a
través de las redes sociales y a veces también en su vida diaria. Sus fotos de
perfil en Facebook parecen obituarios y sus tweets son una serie de saludos al
más allá. Sus charlas de pasillo y ascensor eluden el clima y van directo a la
mención de ese/a “ídolo/a” que ya no está entre nosotros. Esta gente no
discrimina nacionalidad, edad, profesión o ideología política, basta con que
sea una celebridad y no tenga pulso. El hecho de no saber nada acerca de la vida y obra del finado en cuestión, importa poco y nada. Son una legión de morbosos que rinde culto
a la necrofilia y se llenan la boca hablando del respeto hacia el difunto y el
reconocimiento merecido por éste.
Entiendo
que el admirador, fanático o seguidor de una personalidad, que apoya su causa,
consume su producto, difunde su obra o simplemente le agradece desde lo
profundo de su corazón el haber tocado su vida, quiera despedirse, hacer el
duelo pertinente y homenajearlo a su modo. Perfecto. Pero aquellos que besan el
cajón de un extraño sólo para figurar, me parecen unos pobres infelices con un
gran vacío en sus vidas.
En mi
opinión, los homenajes se dan en vida y, en determinadas circunstancias, lo más
respetuoso es el silencio.
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