Ni bien
arribó a la ciudad, Bernardo subió a un taxi y fue directo al obelisco a
tomarle unas fotos. Ese alto falo de concreto era el símbolo de la capital y de
lo que él más añoraba para su vida. Luego, entró en Güerrín y pidió la clásica combinación
“moscato, pizza y faina”. En la caja le ofrecieron un notable descuento por
degustar su almuerzo en una habitación aparte, separado de la clientela y
rodeado de artículos de limpieza. Bernardo accedió sin dudarlo, era muy
respetuoso de las famosas tradiciones porteñas y, además, le venía bien
ahorrarse unos pesos.
Siguiendo las indicaciones del canillita
de Corrientes y Libertad, se tomó un colectivo de la línea 59 para dirigirse a
Olivos y visitar a su primo. Encontrar la casa fue fácil, estaba a media cuadra
de la parada y resultaba llamativa. Era un chalet antiguo estilo colonial, con
la fachada bien conservada, las paredes de un suave verde agua y un jardín delantero hermoso, con
lilas y geranios y el césped bien conservado. Era común que la gente, sobre
todo las señoras, se detuviese un momento para contemplarla.
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