3ra Parte
Llamó a la puerta con tres golpecitos y en
un breve instante una muchacha salió a su encuentro. Era una morocha despampanante
vestida únicamente con una remera de Alice Cooper y un shortcito mínimo.
- Hola. – le dijo ella con
voz ronca, mientras con una mano se llevaba un cigarrillo a la boca y con la
otra se rascaba enérgicamente el culo.
- Hola, señorita. Lo busco
a Félix. – dijo Bernardo con una incómoda sonrisa.
De
golpe, la cara de ella se deformó. Entornó los ojos y miró detenidamente a
Bernardo de pies a cabeza. Pitó el cigarrillo, se apoyó en el umbral de la
puerta y comenzó a reír a carcajadas. Bernardo, en su desconcierto, comprobó
tener la camisa limpia y la bragueta cerrada. Recién entonces, forzando
nuevamente una sonrisa, preguntó.
- ¿Qué? ¿Qué pasa?
- Bernardito, ¿no? – le preguntó ella
asintiendo con la cabeza.
- Si, pero… ¿Félix le habló
de mí?
- Mejor pasa y ponete
cómodo. – le contestó e hizo un ademán con la mano como invitándolo a entrar.
- Permiso, señorita. – le
dijo tímidamente al pasar a su lado. Caminó unos metros hacía el living y
recorrió fugazmente el lugar con la mirada. La habitación estaba dada vuelta,
todo se veía sucio y fuera de lugar. Era como si la noche anterior Cacho
Castaña y Kate Moss hubiesen organizado una despedida de soltero. El cadáver de
la fiesta y los excesos descansaba ahí, luego de varias resurrecciones. Sobre
la mesa ratona había un perro inconsciente y en su estomago, con pintura
violeta, la leyenda: “no panza nada”.
- No te preocupes, el perro
está vivo… y tu primo también. Pero diferente, ¿sabés? – dijo ella. Apagó el
cigarrillo sobre una porción de pizza que decoraba el respaldo del sillón y
prosiguió. – A veces la ciudad cambia mucho a las personas. Digamos que les
permite ser lo que siempre soñaron. Acá uno encuentra de todo y para todos…
- Si, Félix siempre me
decía que en Buenos Aires iba a poder triunfar con su música. – agregó
Bernardo.
- Claro. Con su música y
con sus tetas…
- ¿Qué?
- Si, tu primo ahora tiene
una banda… y este cuerpo. – sonrió y dio una vuelta de 360º.
Bernardo
quedó mudo, paralizado, sin siquiera pestañear.
- Bueno, vos procesalo
tranquilo. Cuando se te pase, me avisás y salimos a comer algo. Ah, cierto, me
llamo Feliza ahora.
A la
medianoche Bernardo seguía exactamente igual, sin reacción, en el medio del
living. El perro se despertó, se acercó a él y, luego de olfatearlo, le orinó
una pierna.
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