lunes, 21 de mayo de 2012

Costa del Ego

Breves chapuzones en el mar de la nada

5.
Antes de abrir la boca me pregunté: “¿Qué sentido tiene mentirle a un mentiroso?”. “Bueno, tal vez valore el esfuerzo…”, me respondí. Mi mirada seguía clavada en el ángulo superior izquierdo de la pared y recordé que aquello me incriminaba. Estaba próximo el temido silencio que daría turno a mis palabras y al mirar por la ventana me percaté que además tenía el clima en contra: todo suena falso los días de lluvia, la ciudad se convierte en un gran cultivo de excusas.
Modificar unos pocos elementos, alterar el orden de los acontecimientos y generar así una realidad verosímil e incomprobable. Estaba listo. Pero de pronto mi sistema de costo-beneficio me indicó que no valía la pena correr el riesgo; la posibilidad de quedar expuesto acarrearía peores consecuencias que la verdad en sí misma. El silencio. Hice contacto visual, ya no quedaba tiempo. Opté por la honestidad y abrí la boca. No me creyó.
Los mentirosos están convencidos que todos mienten. Más aún, los días de lluvia.

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