Breves chapuzones en el mar de la nada
5.
Antes de
abrir la boca me pregunté: “¿Qué sentido
tiene mentirle a un mentiroso?”. “Bueno,
tal vez valore el esfuerzo…”, me respondí. Mi mirada seguía clavada en el ángulo
superior izquierdo de la pared y recordé que aquello me incriminaba. Estaba próximo
el temido silencio que daría turno a mis palabras y al mirar por la ventana me
percaté que además tenía el clima en contra: todo suena falso los días de
lluvia, la ciudad se convierte en un gran cultivo de excusas.
Modificar
unos pocos elementos, alterar el orden de los acontecimientos y generar así una
realidad verosímil e incomprobable. Estaba listo. Pero de pronto mi sistema de
costo-beneficio me indicó que no valía la pena correr el riesgo; la posibilidad
de quedar expuesto acarrearía peores consecuencias que la verdad en sí misma. El
silencio. Hice contacto visual, ya no quedaba tiempo. Opté por la honestidad y
abrí la boca. No me creyó.
Los
mentirosos están convencidos que todos mienten. Más aún, los días de lluvia.
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